Roger Penrose sostiene desde la física pura que la conciencia no termina cuando el cuerpo se detiene, porque la información que la compone no se destruye. Y quien lo dice ganó el Nobel de Física en 2020 por demostrar que los agujeros negros son una consecuencia inevitable de la relatividad general, además de haber trabajado durante años junto a Stephen Hawking.
Su idea, desarrollada junto al médico Stuart Hameroff, es que la conciencia no se fabrica solo con conexiones eléctricas entre neuronas, sino en estructuras mucho más pequeñas que hay dentro de ellas, donde entran en juego las leyes de lo diminuto, las que rigen el mundo de las partículas. Y ahí está la clave: esa información no puede borrarse. Cuando el cuerpo deja de funcionar, no se apaga como una bombilla; se libera y queda en el universo.
Lo notable es que esa conclusión no contradice nada de lo que la física ya tiene establecido. La energía y la información no desaparecen: cambian de forma. Ese es uno de los principios más sólidos que existen, comprobado una y otra vez durante más de un siglo. Nada de lo que existe se convierte en nada.
Penrose simplemente lleva ese principio hasta donde casi nadie se atreve a llevarlo: hasta nosotros. Si ni un átomo se pierde, cuesta mucho sostener que una vida entera, con todo lo que pensó, amó y construyó, se borre de golpe.
Y quizá por eso tanta gente intuye exactamente lo mismo sin haber estudiado física. Cuando pierden a alguien, sienten que de alguna manera sigue estando. Resulta que esa intuición tan antigua tiene hoy a uno de los científicos más brillantes del mundo defendiéndola desde las matemáticas.







