Este año, un par de amigos escritores me pidieron que leyera sus textos antes de publicarlos. Querían una opinión, una mirada externa, lo que solemos llamar un lector cero. No pude ayudarlos. Tenía otros pendientes y una cola de lecturas que ya me parece interminable. En otros años probablemente habría encontrado el tiempo. De hecho, ya me ha tocado cumplir ese papel varias veces. Pero así es la vida, no siempre se puede. Y a mí también me ha pasado que me quedo sin lectores cero: amigos y familiares que antes tenían tiempo para leer mis textos ahora están ocupados con sus propias cosas.
Por eso me ha resultado gratificante encontrar en distintas IAs a lectores cero disponibles a cualquier hora. Les paso un cuento, les pido que lo lean y me digan qué funciona y qué no. A veces encuentran problemas que yo no había visto; otras, se equivocan por completo. Además, suelen acompañar sus observaciones con toda la teoría literaria que encuentran para justificarlas. No siempre tienen razón, pero al menos me dan una primera respuesta y me permiten conflictuarme con el texto.
Sí, me gusta que exista la IA. Y no creo que los escritores estemos en problemas por su aparición. Al contrario, puede ser una herramienta más para acercarnos a nuestra propia búsqueda. Quienes se preocupan por la escritura asistida quizá olvidan lo que significa sentarse frente a una página y tratar de domar un texto. Es un proceso íntimo, muchas veces frustrante, que no empieza con la intención de publicar ni de convertirse en bestseller. Creo que escribimos primero para nosotros mismos y después para alguien en particular. Esas historias, esa rabia o esa alegría que soltamos siempre tienen un destinatario al que le estamos hablando.
Por eso no creo que la IA pueda reemplazar a quienes dedicamos tiempo a hacer arte. Puede producir contenidos para una industria que, por cierto, ya fabricaba productos culturales siguiendo focus groups y criterios puramente comerciales mucho antes de que existiera esta tecnología. El arte es otra cosa, y se ha caracterizado por representar un espacio de resistencia humana frente a la homogeneidad del mundo.
Y cuando la IA finalmente logre hacer arte —porque no dudo que llegaremos a ese punto—, tendremos que aceptar que algo de nuestros conceptos sobre la humanidad tiene que cambiar.
De eso trata mi columna de esta semana en El Gatopardo.
Aquí se las dejo.
LA IA COMO LECTOR CERO
Quienes escribimos conocemos la urgencia de que alguien nos lea y nos diga qué piensa. De joven, esos lectores estaban en casa, en el barrio, en la universidad. Llegando a mis 40, mis amigos y familiares tienen sus propias urgencias, y un cuento puede pasar semanas en una bandeja de entrada sin respuesta.
Últimamente, antes de pasar un texto a esas personas, lo reviso con una inteligencia artificial. La uso para varias tareas, pero en literatura le he dado un papel preciso: el de lector cero, el primero que lee. Señala escenas que se alargan, personajes que cambian de voz, ideas repetidas. A veces se equivoca, como cualquier lector. Aun así, agradezco tener una herramienta más para expresarme con mayor control.
Hace poco, un medio español denunció que una novela de un autor peruano, ganadora de un premio internacional, tendría un 99 % de texto generado por IA, según un detector. El autor lo niega. Si se comprobara, las bases del premio invalidarían su victoria. Pero el caso abrió otro debate: cuánto puede intervenir la IA en una obra y dónde termina la ayuda y empieza la sustitución del autor.
Quienes prohíben la IA en la creación temen que la máquina termine haciendo el trabajo del artista. Hoy resulta cada vez más difícil ignorar estas herramientas en el proceso creativo, pero a mí me cuesta creer que puedan reemplazar a quien escribe. Crear no consiste únicamente en provocar emociones; también importa la experiencia desde la que se construye una obra.
Y si en algún momento las máquinas lograran conmovernos, tendríamos que preguntarnos qué valoramos de una obra: lo que provoca o quién la firma. Me gusta pensar que la obra es más importante que quien la produce.
Siento que el miedo a la IA también está relacionado con la posibilidad de que los escritores pierdan trabajo. Pero, como autor, me pregunto: ¿cuándo hemos podido vivir de la literatura? En el Perú y en casi todo el mundo, son poquísimos los que viven exclusivamente de sus libros. La mayoría enseña, se dedica a su profesión o hace cualquier otra cosa para pagar las cuentas. El deseo de contar historias nunca ha dependido de que hacerlo resulte rentable.
El miedo a las herramientas es viejo. En el Fedro, Platón pone en boca del rey Thamus la advertencia de que la escritura traería olvido y una falsa sabiduría. Y es un hecho que la escritura y la lectura modificaron nuestro cerebro: el neurocientífico Stanislas Dehaene ha estudiado cómo el cerebro reutiliza circuitos que cumplían otras funciones para hacer posible el acto de leer. Tal vez, sí, algo de memoria perdimos, pero logramos perpetuar conocimiento.
Las herramientas tienen limitaciones. Como lector cero, la IA es un lector más, con la deficiencia de que suele ser complaciente, opina desde los manuales y nunca se aburre. Jamás me dirá, como un amigo, que en la página cinco dejó de leer.
P. D.: Sí, esta columna también tuvo un lector cero artificial. Y le pareció excelente.
Por Carlos de la Torre Paredes
Columna: EL GATOPARDO
*Publicado en Diario Expreso el 30 de octubre de 2026
- comentarios (se me perdieron )
Trataba sobre los lectores correctores humanos los profesionales los que vivian de ese trabajo las personas que viven de leer y los otros los voluntarios.... Que también " introduzcan el texto en la IA, para agilizar, y, sus riesgos y sus peligros... a que su opinión sea la de las máquinas haciéndose pasar por correctores humanos....... porque no van a tomarse la tarea de leerlo.... .......
Personalmente cómo se lo entrego ahora a un corrector humano ??????? Esto es frustrante...
Todo dudas y sospechas ....
Mejor no pasárselo a ningún corrector como hasta ahora. Solo ... uno de los diez libros publicados lo llevé a corrector humano.