martes, 27 de octubre de 2026

"... Donde el agua trabaja "" (bis)

 


El algoritmo no sabe de dolores. 

En el Perú se esperaba dos catástrofes: una política y otra social de índole climatológico. La primera se evidenció con el triunfo de la candidata Keiko Fujimori, hija de unos de los dictadores más corruptos de la historia peruana. El legado de Fujimori sigue haciendo daño al país hasta el sol de hoy, y son muy pocos los escritores nacionales que se embarcaron en una crítica por lo menos justa para devolverle al país un poco de dignidad, sin dejar de lado la democracia. 


Las otras catástrofes fueron anunciadas hace años: el fenómeno del niño (ahora recién lo vemos en desmedro de quienes lo padecen), y pocos escritores peruanos ―tocados o no por la collera de la argolla literaria limeña― hablan del tema, o porque no les interesa, o porque lo que viene de provincia no es digno de sus letras, de su tiempo y de su alcurnia literaria forrada con oropel. Por último hay una catástrofe que será irreversible, aun siendo incierta Lima tiene un silencio telúrico de decenas de años que pronto, espero con la mano divina, no nos tocará. No tengo dudas de que los escritores, por lo menos la mayoría de ellos solo escribirán columnas llenas de morbo, pero quizá ninguna autocrítica, es más que obvio: ellos viven en el Parnaso. 


Hay cero autocrítica en todo el sentido de la palabra y esto no se escapa a otras realidades en su actuar. Por otro lado, el argumento conocido de vivir en un país donde no se lee, donde el escritor en un 90% paga por ver publicados sus libros, donde las regalías casi no existen, sin políticas públicas educativas para incentivar la lectura y sobre esa realidad el arte se termina escapando de las manos populares para elitizarse. 


Antes de irme por la tangente o para desvirtuar el objetivo de este artículo, la semana pasada estalló un escándalo de interés nacional e internacional, un escritor peruano, David Silva Rojas, quien ganó semanas antes el Premio Internacional de Novela Breve: Almadia Ventosa-Arrufat con su novela titulada: Donde el agua trabaja. El jurado no podría ser mejor: La premio Pulitzer Cristina Rivera Garza, Selva Amada y Mónica Ojeda, en su momento todas elogiaron unánimemente a la obra de Silva Rojas por la sutileza del lenguaje, el manejo del silencio y la contención. 


Posteriormente un informe del diario El País, después de analizar la obra sacó un informe sobre la novela ganadora aduciendo que el análisis mediante Pangram, resultó que esta fue escrita en un 99% por inteligencia artificial. 


Pero qué es Pangram, es un software y es la representación perfecta de un término que sí leí en la AI: “punitismo algorítmico”, cuyas dimensiones no se normalizan para analizar una obra de creación humana, sino evidentemente artificial. ¿Y qué es lo que analiza?: Predicción de conductas, opacidad y falta de defensa, delegación del castigo en la tecnología, algoritmización del odio y la cancelación.


Y es acá dónde empieza y también se acaba el debate por varias razones. La mayoría de indignados suenan a viudas feroces que se enteraron de una infidelidad después de haber muerto la pareja, haciendo leña del árbol caído. Lo otro, la Inteligencia Artificial vino para quedarse, que tire la primera piedra quién no le dio un uso doméstico por lo menos por curiosidad. Sabemos todos que la AI se está usando en el arte, en la cultura, en lo conceptual y hasta en lo descriptivo y también en todas las ramas del desempeño humano. ¿Cuál sería la novedad que un escritor la usara? 


Lo único que podría ser reprochable es el silencio del autor y también por qué incumplió las bases del mencionado concurso. La gente se va con todo porque desconoce, porque escribe con la tentación del dolor, por la frustración de sentirse mediocres, guardándose sus mejores líneas a temas que quizá tengan mayor relevancia para nuestro entorno social, me indigna que sean apolíticos, quizá como a ellos les indigne que algún desconocido de su argolla literaria gané 20 mil euros por algo que él no hizo. 


El mejor ataque es el trabajo duro y parejo que le podemos dar a este oficio, es darle ética, pero una ética personal adiestrada a mejorar cada día, en cada punto y coma, en expresarse no solo cuando nos conviene, sino cuando las grandes editoriales publican a personas populares en redes sociales y de nada sirve la trayectoria para ser un bestseller que sí o sí vende. No sean tibios a la hora de participar, exigir y priorizar políticas culturales en beneficio de todos, lectores incluidos. 


No sean mezquinos, avancen por lo menos con ustedes mismos, que el error ajeno no les hace perfectos.

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