La soledad más dura, para mí, no es estar físicamente solo. Es no tener una mujer significativa con quien compartir la vida de verdad: la intimidad, el afecto, el deseo, las conversaciones, los silencios y esos pequeños momentos cotidianos que dejan de ser pequeños cuando se viven junto a alguien que realmente importa.
La posibilidad de compartir con una mujer y sentir que existe un lugar para los dos en la vida del otro.
No quiero una relación para llenar un vacío ni alguien que esté conmigo por costumbre, necesidad o conveniencia. Quiero un amor real, digno y recíproco. Un amor en el que los dos nos elijamos libremente, nos cuidemos, nos respetemos y podamos mostrarnos como somos, sin juegos, sin indiferencia y sin tener que mendigar atención, cariño o presencia.
Quiero una mujer con quien pueda hablar de lo esencial y también de lo más trivial; compartir una preocupación, una risa, un silencio, una comida, un proyecto, una caricia o una noche. Alguien con quien el deseo no sea solamente físico, sino también el deseo de estar, de escuchar, de conocer, de tocar y de compartir.
Quiero sentir que mi presencia significa algo para ella, como la suya significaría profundamente para mí. Que podamos acompañarnos sin poseernos, necesitarnos sin depender, amarnos sin dejar de ser libres.
Porque quizá lo más doloroso de la soledad no sea dormir solo, comer solo o pasar un día sin hablar con nadie. Lo verdaderamente duro es no tener a quién contarle aquello que me conmueve, me preocupa o me hace feliz; no tener unos brazos en los que descansar, una mirada que me reconozca, una voz que quiera escucharme y una persona con quien compartir no solamente los grandes acontecimientos, sino también la vida ordinaria.
Eso es lo que echo de menos.
No simplemente tener a una mujer al lado, sino encontrar a alguien con quien pueda construir un verdadero nosotros: un vínculo elegido por ambos, cuidado por ambos y sostenido por ambos.
Porque no quiero simplemente dejar de estar solo.
La soledad más dura, para mí, no es estar físicamente solo. Es no tener una mujer significativa con quien compartir la vida de verdad: la intimidad, el afecto, el deseo, las conversaciones, los silencios y esos pequeños momentos cotidianos que dejan de ser pequeños cuando se viven junto a alguien que realmente
importa.

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