Un psiquiatra italiano acaba de decir en voz alta lo que muchos profesores llevan años comentando en privado: que estamos formando adultos que a los treinta años todavía no saben decidir nada por su cuenta.
Se llama Paolo Crepet, lleva más de cincuenta libros publicados, y no se anduvo con rodeos: «Estamos ante la peor generación de padres de la historia, hacen cosas de completos idiotas. Deben enseñar a sus hijos a volar, no a quedarse en el dormitorio.»
Su objeción no es que los padres de hoy quieran menos a sus hijos. Es que los protegen tanto que les quitan la oportunidad de aprender. Al niño al que nunca se le permite equivocarse no le queda ninguna experiencia propia de la cual sostenerse después. Al que nunca se aburre no se le desarrolla la imaginación, porque la imaginación aparece justamente cuando no hay nada que hacer. Y al que se le resuelve cada conflicto con un compañero no le queda idea de cómo manejar una discusión cuando llegue a un trabajo.
Crepet suma además otro frente: el de las redes. "Si hay influencers que tienen 20 o 30 millones de niños y niñas siguiéndolos, es una desgracia increíble", dice. Lo que le preocupa no es el entretenimiento, sino la uniformidad: millones de chicos de países distintos aspirando exactamente a lo mismo, copiando los mismos gestos y midiéndose con la misma vara ajena. Una generación entera pareciéndose cada vez más entre sí y cada vez menos a sí misma.
Habrá quien le discuta el tono, y es verdad que cada generación de padres ha sido acusada de estropear a la siguiente. Pero lo que plantea merece pensarse.
Porque criar no consiste en despejarle el camino a alguien, sino en darle piernas para recorrerlo. Y eso solo se consigue dejándolo caminar, aunque a veces se tropiece delante de ti.

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