... qué nos dice lo que nos late por dentro ...
"El imperativo 'sé positivo' no es inocente: es una violencia que te culpabiliza y convierte el dolor en un fallo personal" Vivimos en un mundo que nos pide sonreír a pesar de la tormenta. Y aunque en la superficie el mensaje parezca positivo, en el fondo puede esconder una autoexigencia dañina que culpabiliza y convierte el dolor en un símbolo del fracaso. Cuando convertimos la felicidad en una obligación, cualquier emoción incómoda parece un fracaso.
Es fácil caer en la tendencia de idealizar lo positivo. La cultura en la que vivimos inmersos nos enseña que ser feliz es equivalente a triunfar en la vida, porque la felicidad ya no es el resultado, sino el objetivo. Eso significa, por consiguiente, que la tristeza, el dolor, el sufrimiento, son símbolos de fracaso.
Esta mecánica perversa opera en nuestras mentes sin que apenas lo notemos. Hablamos de cultivar "emociones positivas" y reducir "emociones negativas", como si algunas fueran buenas y las otras malas. Como si alguna de ellas fuera realmente prescindible. Y es que, sin darnos cuenta, hemos caído presos en una rueda que nunca para de girar. Pero como dice el filósofo Byung -Chu Han: "El imperativo `sé positivo` no es inocente: es una violenciaque te culpabiliza y convierte el dolor en un fallo personal".
La clínica Mayo define ser positivo no como ser capaz de "ignorar las situacciones menos agradables de la vida", sino cómo ser capaz de "abordarlas de una manera más útil y realista."
Por desgracia, esta no es la idea que a todos nos ronda en la cabeza cuando hablamos de positividad. En el mundo moderno, ser positivo significa sentir más emociones positivas.
"Piensa menos, siente más", decía la camiseta que una experta en neurociencia, vio el día que decidió escribir. La trampa de la emoción. Un lema que resume a la perfección las reglas que rigen nuestro mundo. Piensa menos y siente más. Pero siente más de lo bueno: felicidad, euforia, alegría, pasión. Lo "malo", la tristeza, el miedo, la envidiz, mejor esconderlas bajo la alfombra.
El problema es que de las cinco emociones básicas que rigen al ser humano, todas ellas inevitables y necesarias, solo una es positiva. Son la felicidad, el miedo, la trsteza, la ira y la envidia.
Regodearnos en "emociones positivas", y que niega e invalida el resto de emociones. Nadie se pregunta "cómo aprender a sentir la trsteza", tan solo quieren evitarla.
De ahí que, como explica el filósofo, nos hayamos quedado atrapados en una suerte de sociedad paliativa. Una que anestesia cuatro de nuestras cinco emociones primarias para dejarnos huérfanos de profundidad.
Si la felicidad es el objetivo, sentir cualquier cosa que no sea alegría es un fracaso. Así, sentirnos tristes, tener miedo, expresar ira o mirar a alguien con envidia se convierte automáticamente en una muestra de negatividad.
Lo cierto es que estas emociones son tan necesarias como esenciales en la vida de cualquier ser humano. El miedo no solo nos protege de los peligros, también nos enseña lo que realmente nos importa. La ira nos ayuda a cuidarnoz, a respetar nuestros límites, a defender lo que nos importa. La envidia nos ayuda a aspirar a algo más, a ver en los demás lo mejor. Y la trsteza. Sin la trsteza, quizá, jamás nos conoceríamos. La trsteza nos obliga a detenernos y mirar aquello que normalmente evitamos.
El auténtico conocimiento
Hay un lugar al que solo se puede llegar por medio de la trsteza. Es ese espacio en el que todo se detiene, en el que afloran las tinieblas, en el que se proyecta la sombra. La tristeza, quizá la emoción a la que más tememos, está ahí para hacernos parar. Para detener la rueda. Para recogernos, calmarnos, susurrarnos que a veces toca tener paciencia. Para procesar lo difícil. Para conocerse mejor.
L psicóloga jungiana Silvia Tarragó lo representa por medio del mito Perséfone. La joven, arrancada de entre los brazos de su madre, se ve obligada a madurar de golpe y porrazo cuando desciende al Hades, a los infiernos. Allí no le queda más que lidiar con su sombra, con su inconsciente, con todas las emociones que no afloran sino cuando paramos y escuchamos.
Pero esto de lo que huimos sin parar en la sociedad paliativa, una sociedad que no quier sentir más que alegría, euforia y pasión. Sin tristeza, sin embargo, estamos partidos por la mitad. El verdadero autoconocimiento nunca es brillante. Solo sabemos quiénes somos de verdad cuando nos atrevemos a recorrer nuestros infiernos.
Recorre tus infiernos
No hay nada más revolucionario en el siglo XXI que atrevernos a recorrer nuestros infiernos personales. Y eso significa abrazar todas y cada una de las emociones que forman parte de nuestra paleta emocional. No negarle el paso a ninguna de ellas.
Como decía el poeta Rumi en su célebre poesía, ser huésped de cada una de ellas. Verlas llegar, abrirles las puertas y permitirles permanecer cuanto tiempo necesiten. Y al verlas marchar, no creer que jamás volverán.
Si seguimos el consejo de Silvia Tarragó, para hacerlo nada sera más importante que parar, detenernos a sentir nuestros propios infiernos. Y escribir, pintar, cantar, llorar. Pero, sobre todo, permanecer quietos, inmóvilex, escuchando que nos dice lo que nos late por dentro. Porque a este mundo no hemos venido a ser productivos, tan solo hemos llegado a existir.
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Celia Pérez León: redactora especializada en estilo de vida, bienestar y cultura.
Psicología Filosofía. On line.

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