miércoles, 4 de noviembre de 2026

... Que no te contagien

 


MUERTE COGNITIVA Y ESTUPIDEZ

Mirá alrededor. La mayoría de la gente que conocés ya está muerta. No de cuerpo, de cabeza. Caminan, opinan, suben historias, votan, consumen y repiten. Pero adentro no queda nada. Solo el eco de lo que el algoritmo les inyectó anoche mientras miraban una pantalla con la boca abierta.


     Como estudiante del aprendizaje, te lo digo sin anestesia, la atención es un músculo y el músculo que no se exige se atrofia. Hoy millones de cerebros están flácidos, rendidos, entrenados para no sostener un párrafo largo ni una idea compleja. Eso no es un "cambio generacional". Es deterioro cognitivo masivo, y está ocurriendo ahora, en tiempo real, con tu consentimiento silencioso.

Carlo Cipolla lo clavó en Las leyes fundamentales de la estupidez humana (1976), el estúpido es quien daña a otros y a sí mismo sin obtener ningún beneficio. Lo nuevo es que el estúpido de hoy tiene megáfono, y el megáfono es gratis.


     Cualquier mediocre con un teléfono convierte su vacío en tendencia. Y vos, en vez de cerrar la app, le das like. Le das oxígeno. Participás del funeral de tu propia cabeza.


    Zygmunt Bauman lo había diagnosticado en Modernidad líquida (2000), allí dijo que vivimos en una época donde nada se sostiene, donde los vínculos, las ideas y los compromisos se disuelven antes de endurecerse. Lo líquido no pesa, no resiste, no exige. Y una cabeza líquida es una cabeza sin forma, lista para ser vertida en el molde que el mercado prefiera. Bauman no habló de pantallas por casualidad: habló de seres humanos que cambian de convicción como cambian de feed.


    Byung-Chul Han fue todavía más brutal en En el enjambre (2013). El enjambre digital no piensa, reacciona. No hay un "nosotros" con proyecto, hay una suma de individuos que se agitan juntos sin llegar a ningún lado. Eso es la manada moderna, ruidosa, veloz y vacía. Y Nicholas Carr lo documentó en Superficiales (2010), donde dijo que el uso intensivo de internet moldea cerebros que saltan de estímulo en estímulo y pierden la capacidad de profundizar. Ya no es opinión. Es evidencia.


    Las redes no te informan. Te adiestran. Te dosifican indignación, risa tonta, envidia y miedo para que vuelvas mañana. Y volvés, como un perro a su plato. Mientras tanto, Neil Postman ya había visto el final en Divertirse hasta morir (1985), allí describió una cultura que convierte todo en entretenimiento termina incapaz de tomarse en serio nada, ni siquiera su propia decadencia.


    La música de moda es el síntoma más escandaloso. Tres acordes, un estribillo pegajoso como chicle barato, una letra que no dice nada y un productor que calculó cuánto tiempo de atención te queda antes del próximo video. Sin riesgo, sin ambición, sin dolor verdadero. Es comida chatarra auditiva, llena, engorda y no nutre.

Los espectáculos masivos son la misa de esta religión de la nada. Miles de personas gritando lo mismo, filmando lo mismo, subiendo lo mismo. Guy Debord lo anticipó en La sociedad del espectáculo (1967), lo vivido se aleja y se convierte en representación. Acá ya no se vive el momento, se documenta que se estuvo. Cuando se apagan las luces, no queda una frase, ni una emoción compleja, ni un recuerdo que supere los quince segundos.


    Los ochenta, en cambio, tenían compositores que escribían como si les fuera la vida. Bandas que arriesgaban estructuras, letras que dolían, discos que pedían atención completa. Había heavy metal que te exigía aguantar la densidad y rock que no pedía autorización para sonar. Hoy lo difícil se descarta, porque el algoritmo premia la velocidad, no la profundidad.

La falta de lectura es el otro cadáver. Quien no lee no tiene vocabulario interior, ni referencias, ni contraargumentos. Solo reacciones. Y las reacciones son el combustible de la estupidez colectiva. Sin lectura no hay memoria larga, sin memoria larga no hay criterio, y sin criterio solo queda la manada.


    No le echés toda la culpa a las plataformas. Amplifican lo que ya estaba flojo. La responsabilidad es tuya cada vez que elegís el video de quince segundos antes que un libro, cada vez que compartís una estupidez porque "está de moda", cada vez que te reís de lo mediocre para no quedar afuera.


    La muerte cognitiva no llega de un golpe. Llega con mil pequeñas renuncias, renunciar a leer, a escuchar algo que no sea inmediato, a pensar distinto, a bancarte el silencio. Y al final te quedás sin herramientas, y la manada te devora entero.


    Cerrá la app. Poné un disco de los ochenta. Leé algo que te interpele. Bancate el aburrimiento. Pensá sin que nadie te dicte qué pensar. La estupidez es contagiosa, pero la lucidez también. Solo que duele más al principio, y por eso casi nadie la elige.

La cuestión no es si la cultura se volvió banal. La cuestión es si vas a seguir siendo parte del problema o si empezás a pelear, aunque sea en silencio, por tu propia cabeza.


Julio César Cháves

Psicopedagogía 


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